Akira, el vino y una verdad incómoda: bebe menos, pero bebe mejor
Hoy, Camaleón, no vamos a empezar con una historieta de las mías.
Hoy empezamos en Neo-Tokio.
Una ciudad reconstruida después de una explosión gigantesca. Una ciudad moderna, brutal, descontrolada, llena de bandas de motoristas, protestas, militares, experimentos secretos y esa sensación permanente de que todo puede volver a estallar.
Sí. Hoy empezamos con Akira.
Una película de 1988 que cambió la historia del cine, del anime, de la ciencia ficción y, si me apuras, de la manera en la que muchos vimos por primera vez que los dibujos animados también podían ser una cosa adulta, oscura, compleja y profundamente incómoda.
Y te lo digo claro: yo he tardado décadas en entenderla.
Tres putas décadas, probablemente.
Porque hay obras que no entran a la primera. Hay películas que ves, o intentas ver, y no entiendes una mierda. Pero aun así notas que ahí hay algo. Una energía. Un misterio. Una puerta que no sabes abrir todavía.
Y con algunos vinos pasa exactamente lo mismo.
Escucha el episodio
Si quieres escuchar esta reflexión con todo el ritmo, las pausas y la mala leche original, aquí tienes el episodio completo de Vino para Camaleones.
Hay vinos que necesitan que alguien te los abra
Akira tiene a Kaneda y a Tetsuo.
Dos amigos que crecieron juntos en un orfanato y que ahora forman parte de una banda de motoristas. Kaneda es el líder: seguro, chulo, carismático. Tetsuo, en cambio, siempre ha vivido un poco a su sombra.
Hasta que una noche, durante una pelea entre bandas, Tetsuo sufre un accidente al cruzarse con un niño extraño con poderes psíquicos.
A partir de ahí, el ejército se lo lleva. Descubren que está desarrollando una fuerza brutal, parecida a la que años atrás provocó la destrucción de Tokio. Sus poderes crecen. Su rabia también.
Y poco a poco deja de ser aquel chico inseguro para convertirse en una amenaza que nadie sabe cómo detener.
Durante casi toda la película parece que el gran misterio es Akira. Qué es. Dónde está. Por qué todos le tienen miedo.
Pero cuando empiezas a entenderla, te das cuenta de que Akira no es solo un personaje misterioso. Es una advertencia.
Es la prueba de que el ser humano ha tocado algo que no sabe controlar.
Y Tetsuo no es simplemente “el malo”.
Es el nuevo aviso.
La película no va solo de descubrir qué pasó con Akira. Va de ver cómo la historia está a punto de repetirse.
Y eso, Camaleón, es muy parecido a lo que ocurre con ciertos vinos.
Hay vinos que te los bebes y ya está. Te gustan o no te gustan. Fin.
Pero hay otros que te miran desde la copa como diciendo: “aquí hay más, pero te lo vas a tener que currar un poco”.
No todo en la vida tiene que ser fácil
Mira, hay películas sencillas y maravillosas.
Por ejemplo, Los Goonies. La puedes ver una y otra vez. No te cansas. No necesitas un mapa filosófico ni una tesis doctoral para disfrutarla.
Y eso está muy bien.
Luego hay películas que parecen sencillas, pero cada vez que vuelves a ellas descubres algo nuevo. Para mí, Forrest Gump es un ejemplo perfecto.
La has visto mil veces y, de repente, un día dices: “joder, esto no lo había visto así”.
Esas son mis favoritas.
Y también existen vinos así. Vinos que no te exigen nada al principio, pero que cada vez que vuelves a ellos te dan un matiz nuevo, una capa nueva, una pequeña sorpresa.
Pero luego están los otros.
Los vinos Akira.
Los vinos que no se entregan tan fácil. Los que necesitan contexto. Los que quizá no disfrutas del todo hasta que alguien te los explica bien, o hasta que tú te pones a investigar, o hasta que te sientas con ellos con un poco más de paciencia.
Ya lo sé.
Es un poco rollo.
Porque tú tienes cosas que hacer. Yo también. La vida ya es bastante complicada como para que encima un vino venga a pedirte esfuerzo.
Pero el día que decides ir un poco más allá, la cosa cambia.
Hay cosas que solo se abren cuando tú también haces el gesto de abrirlas.
El problema no es pagar más. El problema es no saber por qué
El otro día leía a un periodista decir que cuando pagas más de 15 o 20 euros por un vino, ya estás pagando algo que no es vino.
Marketing, entiendo.
Y también decía que nunca pagues menos de 5 euros.
Entonces, claro, según esa lógica, tu vida vinícola tiene que ocurrir entre 5 y 20 euros.
Qué casualidad, además, que esos sean los vinos que él vende.
Y ojo, cada uno puede tener su opinión. Faltaría más.
Pero yo llevo más de veinte años estudiando vino, catando vino, trabajando con vino y explicando vino. Y te digo una cosa: pensar que por encima de 20 euros solo pagas marketing es una simplificación bastante pobre.
Es como si alguien te dijera que nunca pagues a un fontanero más de 70 euros.
Ya, chico. Pero es que depende de qué problema tengas.
No es lo mismo apretar una tuerca que levantar medio baño.
Con el vino pasa igual.
Hay vinos sencillos, vinos correctos, vinos disfrutones, vinos de diario, vinos industriales bien hechos y vinos que cumplen perfectamente su función.
Y luego hay vinos más complejos. Más trabajados. Más escasos. Más difíciles. Más llenos de decisiones invisibles.
No siempre son mejores, cuidado.
Pero cuando lo son, cuando de verdad lo son, no puedes meterlos en la misma frase facilona de “eso es marketing”.
Vamos a beber menos
Y aquí viene la parte importante.
Te voy a decir algo del presente, del futuro y del postfuturo.
No sé si va a explotar Tokio o no, pero con esto no creo que me equivoque:
vamos a beber menos alcohol.
Ya está ocurriendo.
Cada vez se consume menos vino en el mundo. Las nuevas generaciones beben menos. Hay más conciencia de salud. Y aquel discurso antiguo de “una copita de vino al día es buena” ya no se sostiene igual.
No soy tu padre. No soy tu médico. Y desde luego no te voy a dar una charla moral.
Pero hay que saber dónde estamos.
Hoy la conversación ha cambiado. Se habla más de moderación, de salud, de consumo consciente. Y sí, también se habla de algo que a mucha gente del vino le incomoda: no existe una dosis de alcohol que pueda presentarse alegremente como segura para la salud.
Esto no significa que si una persona sana se toma una copa de vino ocasionalmente tenga que sonar una alarma nuclear.
Significa que el mundo ha cambiado.
Y que el vino tiene que entenderlo.
Si vamos a beber menos, bebamos mejor
Aquí está todo.
Si la tendencia es beber menos, lo que debemos hacer no es disfrutar menos.
Es disfrutar mejor.
Y esto afecta directamente a esos vinos de la mitad. Los vinos de 5 a 20 euros. Los vinos que llenan lineales, clubs, ofertas, cajas sorpresa y promociones varias.
Muchos de esos vinos son los que más están sufriendo.
Porque cuando baja el consumo, cuando las bodegas necesitan sacar stock, cuando hay demasiado vino inmovilizado y poco espacio para la siguiente cosecha, esa franja se vuelve una guerra.
Y entonces aparecen descuentos, lotes, clubs, acuerdos y botellas que salen casi regaladas entre comillas.
Claro que hay vinos buenos ahí.
Por supuesto.
Pero si cada vez vas a abrir menos botellas, mi consejo es muy sencillo:
bebe menos, pero bebe mejor.
Eso quizá te complica un poco la vida.
Pero también te la hace bastante más interesante.
El vino bueno necesita historia, tiempo y explicación
Mira lo que ha pasado con los cigarrillos.
Cada vez se fuma menos. Eso lo entiende cualquiera.
Pero dentro de ese mundo, ¿qué producto ha crecido en deseo, precio y prestigio?
Los puros buenos.
Habanos. Cohiba. Montecristo. Lo que tú quieras.
¿Por qué?
Porque cuando alguien consume menos, muchas veces quiere que ese momento sea mejor. Más especial. Más elegido. Más suyo.
Con el vino va a pasar algo parecido.
El vino de verdad bueno no es solo líquido. Tiene una historia detrás. Tiene una parcela. Tiene decisiones. Tiene una forma de vendimiar, de fermentar, de criar, de esperar, de no correr.
Y tiene también algo que a veces olvidamos:
necesita ser explicado.
No porque tú seas tonto. Al contrario.
Porque hay cosas que crecen cuando alguien te da las claves para mirarlas.
Pasa con Las Meninas. Pasa con la Sagrada Familia. Pasa con el British Museum. Pasa con Akira.
Y pasa con los grandes vinos.
Puedes estar delante de una obra maestra y no verla del todo.
Hasta que alguien te dice: mira aquí.
Y entonces cambia todo.
No metas tu vida entre 5 y 20 euros
Decir que solo debes comprar vinos de entre 5 y 20 euros es como decir que no escuches canciones de menos de dos minutos, pero tampoco de más de cinco.
¿Te imaginas?
A la mierda Pink Floyd.
Todo lo que pase de cinco minutos ya es relleno.
Anda ya.
La vida no funciona así.
Tú no compras siempre las zapatillas más baratas. Ni el ordenador más barato. Ni el reloj más barato. Ni los pantalones más baratos. Podrías hacerlo, claro.
Pero no lo haces.
Porque la vida, si se reduce siempre a lo mínimo, se vuelve ridícula.
Pues con el vino igual.
Habrá días de vino sencillo. Días de vino fácil. Días de vino de batalla. Perfecto.
Pero también tiene que haber días de vino más profundo.
Días de abrir una botella que te pida atención.
Días de no beber por beber.
Días de beber menos, pero beber mejor.
Tres cosas para llevarte de aquí
Si te tienes que quedar con tres cosas de este episodio, quédate con estas.
Una: ve al British Museum si puedes. Y si algún día organizo ese viaje de Vino para Camaleones a Inglaterra, con la excusa de visitar viñedos del sur, beber algo de vino y acabar en Gordon’s Wine Bar oliendo a queso victoriano, pues ya sabes.
Dos: mira Akira. O al menos infórmate un poco antes. Porque hay películas que se disfrutan más cuando alguien te da una linterna antes de entrar.
Tres: bebe menos, pero bebe mejor.
No porque tengas que volverte solemne.
No porque tengas que convertir cada copa en una clase magistral.
Sino porque, si vas a beber menos, cada botella debería tener más sentido.
Más historia.
Más placer.
Más verdad.
Eso te complicará la vida un poco. Pero también te la hará mucho más interesante.
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