Hallelujah, Leonard Cohen y el vino: el arte de quitar ruido hasta que aparece una obra maestra
Hay obras que no se vuelven grandes porque alguien les añade más cosas.
A veces ocurre justo lo contrario.
Se vuelven grandes cuando alguien tiene el valor de quitar.
Eso pasó con “Hallelujah” de Leonard Cohen. Y, aunque parezca extraño decirlo así, también pasa con los grandes vinos.
Porque en el fondo, una canción inolvidable y un vino memorable comparten una misma pregunta: ¿qué hay que retirar para que aparezca la verdad?
Escucha el episodio
Antes de seguir leyendo, escucha este episodio del podcast. La historia de Hallelujah, Leonard Cohen, John Cale y el vino se entiende mejor cuando la oyes respirar.
La canción que estaba enterrada dentro de la canción
Leonard Cohen tenía la materia prima.
Tenía imágenes bíblicas, deseo, culpa, ironía, fracaso, belleza, obsesión. Tenía una canción enorme. Quizá demasiado enorme.
Durante años, Hallelujah fue una especie de territorio inestable. Una canción con demasiadas puertas abiertas. Cohen escribió muchas versiones, muchos versos, muchas formas posibles de llegar al mismo lugar.
Pero una obra no siempre necesita más amplitud. A veces necesita una decisión.
Y ahí aparece John Cale.
Cale no convirtió Hallelujah en una canción más importante llenándola de adornos. No la hizo crecer por acumulación. La escuchó de otra manera. Seleccionó. Ordenó. Limpió. Decidió qué debía quedarse y qué debía irse.
Hizo algo que en el mundo del vino es fundamental, pero que rara vez recibe tanto aplauso como debería:
quitó ruido.
Hacer un gran vino no es meterlo todo en la botella
Durante mucho tiempo, una parte del mundo del vino confundió grandeza con exceso.
Más madera. Más color. Más alcohol. Más concentración. Más etiqueta solemne. Más discurso. Más puntuación. Más frases grandilocuentes en la contraetiqueta.
Como si un vino fuese mejor cuanto más intentara demostrar que era importante.
Pero los grandes vinos no suelen funcionar así.
Un gran vino no necesita entrar en la copa dando golpes sobre la mesa. No necesita gritar fruta negra, barrica nueva, volumen, músculo y medalla desde el primer segundo.
Los grandes vinos hacen algo mucho más difícil.
Se apartan.
Dejan hablar al viñedo. Dejan hablar a la uva. Dejan hablar al año. Dejan que el lugar aparezca sin maquillaje.
Y para conseguir eso hay que tomar decisiones invisibles.
Quitar kilos de uva para que la viña no hable a gritos. Quitar racimos que no están a la altura. Quitar barrica nueva cuando la madera empieza a cantar más que el vino. Quitar extracción cuando el tanino ya ha dicho suficiente. Quitar técnica cuando la técnica empieza a tapar el paisaje.
Quitar ego.
Quitar maquillaje.
Quitar todo lo que sobra.
El vino, como la música, también necesita silencio
La historia de Hallelujah no habla solo de una canción famosa. Habla de algo mucho más incómodo: a veces la obra maestra ya está ahí, pero no se ve porque está enterrada bajo demasiadas cosas.
Demasiada intención. Demasiado arreglo. Demasiado deseo de impresionar. Demasiada necesidad de que el mundo entienda, inmediatamente, que aquello vale.
En el vino ocurre igual.
Hay vinos que parecen construidos para ganar una discusión. Vinos que quieren demostrarte desde el primer sorbo que son caros, serios, potentes, ambiciosos.
Y luego están los otros.
Los vinos que no empujan. Los que no se explican demasiado. Los que no necesitan levantar la voz porque tienen algo más poderoso: precisión.
Esos vinos parecen sencillos, pero no lo son.
Esa es la trampa de toda gran obra.
Una gran canción parece inevitable. Un gran vino también. Pero detrás de esa naturalidad suele haber una cantidad enorme de decisiones que no se ven.
Y casi siempre, las más importantes no son las que añaden.
Son las que eliminan.
La verdadera elegancia está en saber cuándo parar
En una cata de vinos, solemos buscar palabras para describir lo que está dentro de la copa: fruta, mineralidad, acidez, tanino, crianza, textura, profundidad.
Pero quizá deberíamos aprender a mirar también lo que no está.
El exceso que no aparece. La madera que no tapa. El alcohol que no pesa. La técnica que no presume. La mano del elaborador que acompaña, pero no invade.
Porque hacer vino no es simplemente transformar uva en alcohol.
Hacer vino, cuando se hace de verdad, es escuchar.
Escuchar una parcela. Escuchar una variedad. Escuchar una añada. Escuchar hasta entender qué vino está escondido dentro de la uva.
John Cale entendió qué canción estaba escondida dentro de la canción.
Un gran elaborador entiende qué vino está escondido dentro del viñedo.
La próxima vez que pruebes un gran vino
La próxima vez que tengas una copa delante, no busques solo intensidad.
No busques solo potencia. No busques solo que el vino te grite cosas en la cara.
Pregúntate algo distinto:
¿cuánto ruido han tenido que quitar para que esto parezca tan sencillo?
Porque ahí suele estar la grandeza.
En lo que no molesta. En lo que no sobra. En esa sensación de que nada está colocado por vanidad y todo está donde tiene que estar.
Hallelujah no estuvo a punto de perderse porque le faltara belleza.
Estuvo a punto de perderse porque le sobraba ruido.
Y quizá el vino, cuando es grande de verdad, va exactamente de eso:
de quitar ruido hasta que el lugar empieza a cantar.
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